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Hoy: Marta Mengíbar
Psicóloga Sanitaria · Área de Adultos y Pareja

Gran parte de su trabajo clínico está vinculado a personas que, desde fuera, parecen funcionar perfectamente. Personas responsables, comprometidas, capaces de sostener múltiples obligaciones y de responder a las exigencias de su entorno. Sin embargo, detrás de esa aparente normalidad, muchas veces aparece cansancio, ansiedad, autoexigencia o una dificultad creciente para desconectar y descansar.
¿Por qué hay personas a las que les cuesta tanto descansar?
Porque muchas veces no estamos hablando de una dificultad para descansar, sino de una dificultad para parar. Hay personas que han construido gran parte de su vida alrededor de la responsabilidad, la productividad y la capacidad de resolver problemas. Durante años han funcionado desde ahí y eso termina convirtiéndose en una forma de relacionarse con uno mismo. El problema aparece cuando parar genera incomodidad. Cuando el descanso deja de sentirse como algo natural y empieza a vivirse con culpa, inquietud o sensación de estar perdiendo el tiempo.
Muchas personas esperan las vacaciones durante todo el año y, cuando llegan, descubren que no consiguen desconectar. ¿Por qué ocurre?
Porque las vacaciones cambian el contexto, pero no cambian automáticamente el funcionamiento psicológico. Una persona puede alejarse del trabajo, pero seguir llevándose consigo las mismas preocupaciones, el mismo nivel de exigencia y la misma necesidad de control. Por eso vemos personas que dejan de trabajar, pero no dejan de pensar. Que tienen tiempo libre, pero siguen viviendo mentalmente ocupadas.
¿Qué suele haber detrás de esa necesidad constante de estar haciendo cosas?
Cada caso es diferente, pero con frecuencia encontramos miedo al vacío, dificultad para conectar con determinadas emociones o una autoestima muy vinculada al rendimiento. Cuando una persona ha aprendido durante años que su valor depende de lo que hace, de lo que consigue o de lo que aporta, quedarse quieta puede resultar más difícil de lo que parece. Porque entonces aparece una pregunta incómoda: ¿quién soy cuando dejo de producir?
¿Por qué algunas personas vuelven más cansadas de las vacaciones de lo que se fueron?
Porque confunden descanso con actividad diferente. Cambian la oficina por una agenda llena de planes. Cambian las reuniones por compromisos sociales. Cambian el trabajo por una necesidad constante de aprovechar cada minuto. Y al final siguen funcionando desde la misma lógica: hacer más. El cuerpo cambia de escenario, pero la mente continúa en el mismo lugar.
¿Existe relación entre perfeccionismo y dificultad para descansar?
Muchísima. Las personas perfeccionistas suelen tener dificultades para sentir que ya han hecho suficiente. Siempre queda algo pendiente. Siempre se podría haber hecho mejor. Siempre aparece una nueva tarea. Y cuando el descanso se percibe como algo que hay que ganarse, termina convirtiéndose en algo muy difícil de disfrutar.
¿Cómo podemos saber si estamos descansando de verdad?
Una señal importante es observar qué ocurre cuando dejamos de hacer cosas. Si aparece ansiedad inmediata. Si necesitamos llenar cualquier espacio libre. Si no toleramos el aburrimiento. Si sentimos culpa cuando paramos o si necesitamos estar constantemente ocupados para sentirnos tranquilos. Todo eso suele indicar que no estamos descansando realmente, sino simplemente cambiando de actividad.
¿Qué significa realmente desconectar?
Desconectar no es únicamente apagar el ordenador o salir de la oficina. Desconectar es reducir el estado de alerta. Es permitir que la mente deje de anticipar constantemente. Es recuperar espacios donde no tengamos que producir, resolver o demostrar nada. Y, sobre todo, es recordar que nuestro valor como personas no depende exclusivamente de nuestro rendimiento.
Y para terminar, ¿qué te gustaría que las personas recordaran este verano?
Que descansar no es perder el tiempo. Que no todo momento tiene que ser productivo. Y que, en ocasiones, la mejor forma de cuidarnos no consiste en hacer más cosas, sino en permitirnos parar sin sentirnos culpables por ello.

