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Hoy: Lara Revilla
Psicóloga Sanitaria · Área de Adultos

Gran parte de su trabajo clínico está vinculado a personas que desean cambiar aspectos importantes de su vida, pero sienten que, una y otra vez, terminan repitiendo los mismos patrones. Personas que llegan convencidas de que les falta fuerza de voluntad, disciplina o motivación, cuando en realidad suelen estar enfrentándose a mecanismos psicológicos mucho más profundos. A través de su experiencia, Lara ha podido observar que muchas de las dificultades para cambiar no tienen que ver con la capacidad de la persona, sino con la función que determinadas conductas siguen cumpliendo en su vida.
¿Por qué muchas personas empiezan septiembre con ilusión y terminan repitiendo exactamente las mismas dinámicas?
Porque suelen centrarse en el resultado y no en el proceso. Septiembre tiene algo muy potente desde el punto de vista psicológico. Es una especie de «nuevo comienzo» simbólico. Muchas personas vuelven con ganas de cambiar cosas de su vida y eso genera motivación. El problema es que la motivación es una emoción, y como todas las emociones, fluctúa. Cuando desaparece la ilusión inicial, vuelven los hábitos, los automatismos y las formas de funcionar que llevan años instaladas. Por eso muchas personas interpretan que han fracasado, cuando en realidad lo que ocurre es que han intentado cambiar una conducta sin comprender todo lo que la mantiene.
¿Qué diferencia existe entre intención y cambio real?
La intención es el deseo de que algo sea diferente. El cambio real implica modificar comportamientos de manera sostenida en el tiempo. Y entre ambas cosas hay un espacio enorme. Muchas personas tienen intención de cambiar. Muy pocas entienden que el cambio exige tolerar incomodidad, incertidumbre y frustración durante un tiempo. Por eso el cambio psicológico rara vez es inmediato. Es un proceso de construcción mucho más que un momento de decisión.
¿Por qué algunos patrones se mantienen durante años incluso cuando generan sufrimiento?
Porque normalmente siguen cumpliendo una función. Esto es algo muy importante. Las personas no mantenemos conductas durante años porque sí. Las mantenemos porque, de alguna forma, nos ayudan a sentirnos seguros, protegidos o regulados emocionalmente. La preocupación constante, la necesidad de control, la complacencia, la autoexigencia o la evitación generan sufrimiento, pero también suelen ofrecer una sensación de protección. Mientras no entendamos qué función cumplen, será muy difícil modificarlas.
¿Cómo saber si estamos preparados para cambiar algo importante en nuestra vida?
Creo que una de las señales más claras aparece cuando el coste de seguir igual empieza a ser mayor que el miedo a cambiar. Muchas personas pasan años adaptándose a situaciones que les generan malestar. Pero llega un momento en el que mantener ese funcionamiento deja de ser sostenible. Y ahí suele comenzar el verdadero movimiento. No cuando desaparece el miedo, sino cuando la necesidad de cambio empieza a ser más fuerte que la necesidad de permanecer exactamente igual.
¿Cuál es el error más frecuente que cometen las personas cuando intentan cambiar?
Pensar que tienen que hacerlo perfecto. Muchas personas comienzan un proceso de cambio con expectativas tan altas que terminan abandonándolo al primer tropiezo. Interpretan cualquier dificultad como una prueba de que no pueden hacerlo. Y eso genera frustración y desánimo. Sin embargo, los cambios más sólidos suelen construirse de una forma mucho más sencilla: avanzando poco a poco, aceptando errores y entendiendo que cambiar no consiste en no fallar nunca. Consiste en volver a intentarlo de una manera diferente cada vez que fallamos.
Y, para terminar, ¿qué te gustaría que las personas recordaran este septiembre?
Que cambiar no es convertirse en alguien distinto. Es aprender a relacionarse de otra manera con aquello que lleva demasiado tiempo limitándonos. Y que, muchas veces, el primer paso no es esforzarse más. Es comprender mejor por qué seguimos haciendo lo mismo.

